1. Vestir como un acto de eficiencia cotidiana
Desde la perspectiva del diseño centrado en el usuario (Norman, 2002), vestirse deja de ser un acto superficial y se convierte en una acción que busca maximizar la funcionalidad sin perder la emoción estética. El diseño transformable permite tomar decisiones más rápidas y adaptables, alineándose con un estilo de vida en constante movimiento.
2. La sostenibilidad como principio no negociable
Inspirado en los postulados del slow fashion (Fletcher, 2008), esta colección se plantea como una alternativa frente al consumo desmedido. Una sola prenda puede sustituir a varias, reduciendo la necesidad de producción y, por ende, de recursos. Se propone una moda duradera, reparable, multiusos y consciente.
3. Flexibilidad en el vestir: cuerpo, espacio y tiempo
Desde el pensamiento de Gilles Lipovetsky (2007), vivimos en una era de hiperindividualismo donde cada sujeto busca configurarse a sí mismo constantemente. La ropa, por tanto, no puede ser rígida ni unidimensional. Las prendas transformables respetan el flujo de la vida, facilitando transiciones entre actividades sin fricción.
4. Ropa sin género: vestir desde la libertad
La colección reconoce que la división binaria del vestuario ha quedado atrás. La unisexidad no es una tendencia, es una forma de democratizar el diseño. Inspirado por teóricos como Judith Butler, entendemos que el género es una performance, y por tanto, la ropa no debería limitar la expresión, sino habilitarla.
5. Diseño emocional + funcional
Donald Norman también habla del diseño emocional, donde los objetos no solo deben funcionar bien, sino también generar vínculos afectivos. Las prendas de esta colección, además de ser prácticas, buscan generar conexión con el usuario, a través de su versatilidad, detalles, acabados y materiales.